El ángel caído
Cuando los ángeles vuelan, cuando despliegan sus alas, percibimos todo su esplendor, su magnificencia, ellos experimentan toda su gloria eterna, su privilegio celestial, se extasían con el convencimiento de ser los elegidos y en las aguas del amor de Dios se revuelcan sonrientes sin parar.
En los instantes de levitación, no solo sus cuerpos se encuentran suspendidos en el aire, sus mentes ponderosas son atraídas por el centro de todo, por aquella luz sublime, sabios conocedores de la conexión directa con el universo, conscientes del perfecto equilibrio existente entre el todo y la nada, entre el principio y el fin, entre luz y oscuridad, entre el bien y el mal, entre el amor… y la nada.
¿Acaso has experimentado la perturbadora sensación al ver recogidas las majestuosas alas de un ser angelical? Claro que sí, todos en algún momento de nuestras vidas tenemos que pagar ese karma, es la sensación de impotencia, de inseguridad, sentimos la incapacidad de no querer o no saber volar, ese miedo nefasto que nos aleja de nuestro ser, nos encadena en este mundo terrenal, nos coarta la libertad.
Un ángel con las alas rotas pierde su equilibrio, se desconecta de su realidad, olvida quién verdaderamente es y se resigna a creer que sus alas son solo un agregado material, un incómodo instrumento que perturba su peregrinar.
Pero ¿Cómo encontrará su camino si es ahora un ángel caído? Sus semejantes que han cortado sus alas al igual, de ser un simple humano lo convencerán, aquel inconforme y desorientado nuevo mendigo pronto lo aceptará. Sus alas ya nunca las verá más, será una utopía de la humanidad, la pureza de sus lágrimas también se contaminará.
Habrá quienes digan que no hay de qué preocuparse, tarde o temprano nuestro ángel caído volverá a volar, Dios nunca olvida, él lo salvará, es cuestión de equilibrio, cuando alguien cae, otro se levantará.
Andrés B.