Ya no me acuerdo

Acuérdate, esta no es la primera vez.

Yo vine porque mis amigos decían que tenía que debutar, lo mío fue amor a primera vista, y sobre este mismo colchón, inclusive la misma ropa interior adornando la cabecera de esta cama. Mi madre jura que aún no he sucumbido a los placeres del desenfreno carnal; llevo meses frecuentando este lupanar con el solo objetivo de poseer con mis retinas la sensualidad y las curvilíneas de tu cuerpo, rozar con mi carne cada rincón de tu menuda existencia. Ya desde nuestro primer encuentro dijiste que tú también sentías escalofríos y mariposas en el estómago porque había sido amor a primera vista. ¿Lo recuerdas?

Ya no me acuerdo

ya no me acuerdo

Acuérdate que jugueteabas con la prominencia de mi virilidad, ufanabas con las demás pelanduscas a través del débil aislamiento sonoro de los muros vacíos, por poder poseer tan majestuoso ejemplar entre tus manos y entre todas las cavidades de tu cuerpo. Mientras yo te poseía atenazando tus caderas de sirena que resbalaban y se contorsionaban como pez recién enganchado, blandiendo tus negros y largos cabellos de arriba a abajo y de un lado al otro cual “pogo” en rock al parque.  

Y luego del fogoso enfrentamiento, de la exigencia máxima de las pelvis que chocaban, un respiro; un respiro momentáneo te he pedido, antes de retornar con furia a este juego adictivo, a pesar de cancelarte un excedente al querer contigo nueva ronda. 

Ya no me acuerdo.

Y esa tanga roja con el encaje de mariposa bordada que tejía y juntaba la trilogía de hilos que definían el inicio de un oscuro camino que era el camino a la felicidad, sí, aquí exactamente la encontré, en tu cóccix, y que con un juego de seducción la fui desplazando hasta tus pantorrillas, lentamente con la comisura de mis labios. Recuerdo esa mariposa, no logro borrarla de mi mente, y la verdad es que no quiero, pues la recuerdo cada vez que meto la mano en el bolsillo de mi pantalón, perdón, es un fetiche muy cliché esto de robar las tangas de las amantes, pero entiende que solo busco eternizar nuestros momentos, de esto si te debes acordar, de la tanga roja.

Ya no me acuerdo.

El tatuaje, el tatuaje sugestivo coronando el monte de Venus, aquel que traza un recorrido cuya meta es el éxtasis insaciable de tu inexistente candidez, es la escalera al cielo, un viaje al paraíso, un privilegio en el edén, habitar en el Olimpo, mi nirvana terrenal, es el descubrimiento de aquello que Botticelli se había empeñado en resguardar y soñaba con que fuera eternamente arcano, la cándida Venus recién nacida profanada en su concha. 

Ya sé, la confesión que hiciste por mi insistencia al no parar de tantear y frotar la perfección detrás de tu escote, la redondez de esas gemelas abundantes e inconcebiblemente torneadas, aquel manantial creado para saciar mi sed, esa extraña mezcla de látex y piel erizada, confesaste que te financiaron ese procedimiento.

¿Cómo que se acabó el tiempo? ¡Pero si la última vez te hice un abono! Dijiste que no tenías cambio, que conservarías el excedente como parte de pago de nuestro próximo encuentro.

Lo siento, ya no me acuerdo.

Andrés B.

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